8 de marzo: Las otras no son otras

Escribir en primera persona no es, quizás, el modo más correcto de narrar una historia, de construir algo con eso que sucede o, mejor dicho, con eso que nos pasa. Periodísticamente no lo es, en este espacio lo dejo de lado casi siempre. La noticia no es mi fin.

Hace tiempo que la temática de género me hace ruido, mucho tiempo, y hace muchísimo menos que decidí empezar a pensarlo si se quiere de modo un poco más académico. La violencia en cualquiera de esas etapas “analíticas”, es una interpelación constante y por diversos motivos.

De un tiempo a esta parte, la teoría me ha permitido correr un poco ese foco tan personal para ponerle algunas palabras más ¿científicas?, unas palabras o un marco o… Lo personal es imposible de correr y en última instancia, y menos acá, no debería correrlo, no es necesario. Si algo aprendí de algunas académicas cercanas es que lo personal no tiene que estar, debe estar, incluso en otros tipos de escritura, al menos explicitado. Algo hay que hacer con eso, ¿no? Sexing Elvis fue una lectura muy iluminadora en ese sentido y un gran lema que no es de Wise sino de Millet pero que considero tan actual, siempre.

Se acerca el 8 de marzo y en estas circunstancias algo tengo que decir. ¿Por qué? Porque debo y porque quiero. No es una fecha que me conmueva en sí porque ha devenido en una efeméride más. Las flores, bombones y ese tipo de “reconocimientos” están lejos de ser el espíritu por el que me invito a pensar.

Ese día no se festeja, el 8 de marzo de conmemora. Y no es una diferencia accesoria, sino sustancial. No se ha luchado tanto en vano, es cierto, pero la lucha no se termina y- pesimismo mediante- no se terminará. Quizás, o más bien seguramente, debamos celebrar logros pero en la vida cotidiana significan para muchas mujeres, muy poco. No es necesario- ¿o sí?- aclarar qué sucede cuando a una mujer la maltratan en su casa, cuando la clase hace pocas diferencias porque al fin y al cabo ocultar esa violencia, sentirse culpable, naturalizarlo y llegar pocas veces a un reconocimiento de esa situación no es el diferencial entre la aristocracia y la clase media, ni que hablar de los sectores populares. Diferencias hay, sí, pero creo que son otras.

No falta la agente de la policía que te sigue preguntando “qué hiciste” cuando ¡por fin llegás hasta ahí! ¿Sabe lo que te costó dar ese paso? ¿Tiene idea de lo mal que la pasaste antes de reconocer que algo en eso que te pasaba no estaba bien, darte cuenta que no tenés culpa alguna, que no debés sentir vergüenza? No falta la amiga que te pide que lo entiendas, que te dice que por algún motivo está nervioso, que te dice que serás la responsable de “romper” una familia que hace rato no existe cuando ¡decidiste contárselo a alguien! Y los medios de comunicación, otro tema.

Y eso en los términos más “reconocidos” por decirlo de algún modo, cuando la violencia deja efectivamente marcas de las visibles. Pero tampoco falta quien te dice “qué linda que estás” cuando vas caminando por la calle y esa escena se repite durante cuadras, no siempre con las mismas palabras, poniéndote incómoda, con ganas de contestar, de gritarles, de decirles que no les preguntaste, que no te interesa su opinión, que no estás ahí para que dispongan de vos. ¿Y contestarle? Sí, claro, muchas veces lo hicimos y los resultados pueden variar: te enfrentan, te tratan de loca o, con toda la suerte del mundo, se callan que es lo que deberían haber hecho desde un principio.

El problema es tan complejo que las palabras nunca alcanzan. Los hechos nos siguen diciendo “che, acá hay mucho por hacer, con el voto no alcanza, ni con el cupo, ni con la mismísima ley”. Ojo, que no alcance no quiere decir que no hayan sido pasos importantes, pero en serio, a la mujer que está en su casa pasándola mal, el cupo tanto no le importa. Aún con mucho camino recorrido por feministas, por organizaciones y por otros sectores de la sociedad, el tramo que sigue es largo, muy largo. En el medio, dos chicas son asesinadas y nos preguntamos por qué fueron solas, ¿qué se yo? Eran dos, ¿lo de solas a qué se refiere? Y además, ¿importa? No van a faltar cabezas asintiendo. Ese sí que es un gran problema. No solo el femicidio que una vez consumado es irreversible, esas cabezas que aseguran que existe algo sustancial en ese “ir solas”, que hay algo que marca la diferencia entre el short y el pantalón, son mucho más que posibles excusas para usar de atenuantes en una causa judicial. Son enormes dificultades insoslayables al momento de pensar en esa complejidad que va más allá, o más acá, de la violencia física. Ser mujer es hoy también ser culpable de lo que sea que te puede pasar. Estarás en duda, sospechada, minimizada o revictimizada y no siempre te van a dejar defenderte, a veces de hecho no podrás hacerlo porque te lo prohibieron de cualquier modo o porque simplemente no podés. Y con esto no quiero decir que no sea posible, que la lucha esté perdida o que siempre seremos indefectiblemente víctimas. Eso sería reconocer una inferioridad supuestamente biológica que no es tal sino construida socialmente. No, de ninguna manera pienso que hay algo de inevitable o de natural. Empoderarse es una opción y muchas lo han- ¿o me incluyo?- logrado. Sólo digo que no alcanzó, sólo creo que tantas otras no pudieron y no pueden y me pregunto qué hacer, cómo. Entro en una contradicción constante.

Este es un 8 de marzo pesimista para mí aunque en el panorama que cuento, que veo, que me dicen, asumo que he sido bastante privilegiada. Pero las otras no son otras y no puedo evitar sentir la impotencia que siento.

 

 

 

 

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About Andrea Gutierrez

Pienso, reflexiono, escribo- me indigno, también- con perspectiva de género. Creo profundamente que lo personal es político.
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