La hegemonía de la violencia

Al reflexionar sobre diversas situaciones de violencia, uno de los pasos más importantes que se debe dar es la desnaturalización de los conceptos.

Pensar que hay determinadas características asociadas a la biología de varones y mujeres[1] nos invitaría a asumir cierto carácter fijo asociado a la naturaleza de cada uno/a, y por lo tanto, imposible de modificar.

En esa línea es importante que como sociedad hayamos puesto en discusión las ideas que sostenían las primeras feministas- influidas por trabajos de diversas disciplinas hegemónicas de la época- que hacían “que se explicara el patriarcado como consecuencia de la biología o la psicología masculinas” (Lerner, 1990, 30). Si la violencia fuera una necesidad inherente al varón poco sentido tendrían los programas de capacitación, prevención, etc. que actualmente se promueven desde distintas esferas de la sociedad civil y desde el Estado. Sin embargo, dichas medidas favorecen la toma de conciencia por parte de varones y mujeres, les permiten desandar las propias concepciones acerca de cómo son o deberían ser las relaciones entre ellos/as o, en instancias de mayor peligro- en tanto se pone en juego la vida-, actúan como formas de protección hacia quienes se encuentran en situación de víctimas y castigan a quien infringe el daño.

Ahora bien, la problemática de la violencia afecta principalmente a las mujeres. Y aquí conviene retomar algunas de las cuestiones que explica Moreno Sardá (1990) cuando analiza lo referido al arquetipo viril porque durante mucho tiempo la violencia hacia las mujeres fue trabajada desde el punto de vista de las mujeres como víctimas lo cual no favorecía ni su empoderamiento ni permitía pensar o reflexionar sobre los varones. Entonces, es fundamental deconstruir la imagen que de éstos se ha hecho, qué se les exige para ingresar en esa categoría y qué valores propios de la virilidad son los que hacen un modelo de varón hegemónico. Tal como sostiene la autora:

conviene notar que lo valorado como superior no es ni todo lo que se refiere a todos los hombres ni, tampoco, sólo lo que se refiere a los hombres. Diríase que, más bien, atañe a un determinado colectivo histórico masculino que establece un determinado modelo de masculinidad, y que aparece interrelacionado con el ejercicio del poder hegemónico” (1990, 9)

Esto es algo que recién en los últimos años comienza a tomar otra jerarquía en los estudios sobre violencia de género atendiendo precisamente a trabajar con los varones al mismo tiempo. Porque muchas veces no ser violento, tener un tipo de sensibilidad diferente a la hegemónica, hace que esos varones no sean considerados completamente “hombres”. Eso es lo que reflexiona Moreno Sardá sobre el concepto de androcentrismo:

“El hombre hecho de que nos habla la palabra griega ANER, -DROS se refiere no a cualquier hombre de cualquier condición o edad, sino a aquellos que han asimilado los valores propios de la virilidad y que imponen su hegemonía” (1990,10 ).

Pero aquellos valores que definen qué es “ser hombre” no son atemporales o ahistóricos y esto quiere decir que no siempre existieron y que en todo caso, no siempre fueron los mismos. En la sociedad contemporánea, la masculinidad está asociada a un cierto tipo de conductas que, si no se corresponden, dejan a la persona fuera de ese registro genérico masculino. Como sostiene Conell:

una persona no-masculina se comportaría diferentemente: sería pacífica en lugar de violenta, conciliatoria en lugar de dominante, casi incapaz de dar un puntapié a una pelota de fútbol, indiferente en la conquista sexual, y así sucesivamente” (1997, 31)

Tales características definen no sólo qué es ser masculino sino además, dentro de un marco heteronormativo, cuál es su término opuesto: la femineidad.

Volviendo al autor, cuando en su obra señala que esa persona “sería pacífica en lugar de violenta”, nos está diciendo que ser violento es un requisito para ser considerado varón masculino hegemónico. Al momento entonces de trabajar sobre violencia contra las mujeres no podemos desoír estas exigencias que el propio “sistema” le hace a quienes quieren ser reconocidos como varones.

No son masculinos todos los varones ni son femeninas todas las mujeres. En ese punto opera la hegemonía. Entonces, como se pregunta Rubin: “¿Cuáles son (…) esas relaciones en las que una hembra de la especie se convierte en una mujer oprimida?”(1986, 96). Es en ese camino en el que comienzan a adquirir un tenor histórico y social los conceptos y las caracterizaciones que subyacen a las relaciones entre seres humanos/as. Porque el género es: “una división de los sexos socialmente impuesta” (Rubin, 1986, 114).

Como dijo Simone de Beauvoir: “No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esa criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica como femenina” (Simone de Beauvoir, citada en Wittig, 2007, 26).

No obstante, lo antedicho podría ser ampliamente criticado y encajaría en los puntos que Teresa de Lauretis (1996) le cuestiona a la teoría de la “diferencia sexual” y tal vez tendría razón. Vale aquí retomar su caracterización cuando manifiesta que “como la sexualidad, el género no es una propiedad de los cuerpos o algo originalmente existente en los seres humanos, sino el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales, en palabras de Foucault, por el despliegue de una tecnología política compleja” (1996, 8).

Para finalizar, es menester reconocer que en el artículo se mencionan varones y mujeres, excluyendo una gama de posibilidades y potencialidades, y también se trabaja dentro un marco heterosexual. Este es un recorte arbitrario que de ningún modo niega otros.

Aún dentro de esos límites, hay también muchas posibilidades de ser mujer y de ser varón en larelación de noviazgo, matrimonio, pareja, etc. y la hegemónica debe ser cuestionada porque afecta seriamente la dignidad y la vida de esas mujeres- y de esos varones.

Retomando el análisis central sobre violencia contra las mujeres, si hoy las estadísticas de la ONG La Casa del Encuentro nos revelan que cada 30 horas muere una mujer en manos de quien fuera su esposo, pareja, novio, evidentemente hay algo de lo empírico que no puede ser soslayado. La subordinación en este punto existe aunque nuestras explicaciones puedan ir por diversos caminos. Tal como sostiene María- Xosé Agra Romero a propósito del texto de Carole Pateman: “la igualdad es siempre incompatible con la subordinación pero puede ser compatible con la diferencia” (1988, 14), y eso es algo que no habría que perder de vista si queremos formar una sociedad justa y habitable para esas mujeres.

Notas

[1] Por cuestiones relacionadas a mi campo de interés en la investigación restrinjo este trabajo a varones y mujeres aunque sé que la cuestión identitaria y de género es mucho más amplia y asumo dejar de lado ese abanico de diversidad.

 

Artículo publicado en el blog de Acciones Coordinadas Contra la Trata.

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About Andrea Gutierrez

Pienso, reflexiono, escribo- me indigno, también- con perspectiva de género. Creo profundamente que lo personal es político.
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